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¿Qué decimos cuando hablamos de invasión?

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Octubre es un mes que conmemora distintos sucesos importantes para nuestra localidad, ya sea por el aniversario de Coyhaique, el de otros pueblos de la región y también a lo largo del país, pero principalmente se recuerda uno de los eventos que marcó por completo la vida de los principales dueños y primeros habitantes de este continente: el Descubrimiento de América. Llamado así por la gran mayoría de los que fuimos educados en este antiguo paradigma; los textos escolares, el currículum nacional y los profesores hacían referencias a las imposiciones de un Estado desmemoriado, que anunciaba la colonización como descubrimiento, como un proceso de mestizaje que hacía parecer un encuentro entre dos mundos, no una colonización ni una invasión española. Estamos al tanto que las huellas de esas heridas aún no cicatrizan del todo.

Y a pesar de los avances y progresos de nuestra era, vinculados estrechamente con los cambios sociales, vemos que el sistema educativo, los distintos medios de comunicación y los diversos discursos hegemónicos que circulan en la actualidad, interpretan erróneamente uno de los tanto procesos migratorios de este tiempo como una nueva “invasión”. Durante algún tiempo hemos escuchado comentarios acerca de la mal llamada “invasión” de inmigrantes en nuestro territorio, pero ¿realmente podemos referirnos con estos términos a un proceso que no solo ocurre en nuestro país, sino que también en gran parte del mundo, siendo avalado incluso por la historia como elemento esencial de la constitución de las naciones?

Son infinidades de extranjeros los que día tras día traen en sus pesadas mochilas historias, recuerdos, dolores, sufrimientos y esperanzas de obtener una vida mejor. No obstante, podemos decir a ciencia cierta que el chileno aún no está preparado para ello. Grandes éxodos post guerras, exilios políticos, crisis económicas y humanitarias son sólo algunos de los motivos que desencadenan la salida de un grupo de personas de su país. Y eso es lo que presenciamos hoy. ¿Cuánto tardó el chileno en aceptar la llegada de peruanos a Santiago y el compartir con bolivianos en una parte considerable de la Zona Norte? ¿Qué pasa en nuestros días con colombianos y con haitianos que se han instalado en gran parte del territorio? ¿Estamos preparados para tenderles una mano, para ser solidarios y empáticos en el sentir de aquellos que han dejado su vida atrás por pisar estas tierras?  Claro, es evidente que debiesen haber mayores legislaciones en temáticas de ingreso al país y mejoras en las políticas que establecen la permanencia de extranjeros; sin embargo, todos somos forasteros en algún momento de nuestras vidas, todos somos pasajeros y extranjeros, no podemos hacer oídos sordos de lo que aqueja al otro. ¿O es que acaso las gotas de ese nacionalismo xenófobo instaurado dolosamente en nuestro país es lo que no permite que la escasa lluvia de espíritu humanitario se quede entre nosotros?

Hace uno días supimos del trágico destino de una mujer haitiana, que murió de pena, de desesperación al ver cómo era arrebatado su hijo por un sistema que supuestamente ampara los derechos de los menores, todo producto del deshonesto actuar de un taxista que se llevó las pertenencias de la mujer. También nos enteramos que otro taxista dejó prácticamente abandonada a una mujer haitiana que comenzó a dar a luz arriba del vehículo. El inhumano no se compadeció de ella, obteniendo como resultado el terrible desenlace de la muerte del neonato por no llegar a tiempo a un centro asistencial. ¿Y verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero? ¿Hasta cuándo seguimos siendo una nación insensata, indolente? ¿Qué más tendremos que presenciar para recapacitar y para saber que somos un país poco solidario? ¿O simplemente nos acordamos de este concepto cuando se nos afloja el corazón con las 27 horas de amor? ¿Una vez al año? ¿Cuándo ocurre un terremoto o catástrofe? Y el resto del tiempo ¿sólo nos ayudamos entre chilenos?

Creemos, como medio, que es tiempo de mirar a nuestro alrededor y saber que no estamos solos, que hay más personas que requieren una mano. Es tiempo de exigir a los administradores de la cultura y la educación, como principales responsables de ir delimitando la forma de pensar de una sociedad, que promuevan la comprensión de estos procesos históricos y sociales de manera prudente y respetuosa, sobre todo con las poblaciones que se han visto desfavorecidas, tanto por cuestiones de clasismo y, por qué no decirlo, de racismo e ignorancia. No podemos seguir educando a generaciones en prejuicios ni en ideas sesgadas.

 

Por Jorge Cisterna

Profesor de Castellano y Comunicación por la Pontifica Universidad Católica de Valparaíso

1 Comentario

  1. Muy de acuerdo, los chilenos no somos ni solidarios ni mucho menos podemos autocalificarnos como personas de mente abierta, mas bien somos insensibles y ciegos, es preferible no ver lo que pasa a nuestro alrededor que darse el tiempo de sentir o pensar algo.

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